Experiencias: entre paisajes de la ilusión y derroteros del cuerpo. (Selección de obras 2007 – 2016)

Hay una ciudad que no se deja recorrer con los pies, sino con los registros del deseo. Allí hay lugares significativos que se pueden encontrar cuando estas en medio de una historia. En estos espacios la melancolía es una atmósfera. Se filtra en los cielos densos, en paisajes varios.  Esta muestra propone registros plasmados durante un tránsito: no es un recorrido lineal lo que hay aquí, sino una deriva. Aquí, la urbe se disuelve en planos inciertos, en pasajes que fueron conquistados, en ventanas que no abren hacia un afuera sino hacia estados interiores. Las arquitecturas son apenas vestigios de una memoria que insiste, mientras los colores intensos actúan como registros de escenas dignas de formar parte de una película de outsiders.
Las obras reunidas tensionan el límite entre lo abstracto y lo figurativo como quien tantea transiciones entre experiencias que forman parte de rutinas cotidianas y el acceso a estados poéticos (quizás hasta alucinatorios). Los cuerpos aparecen y se ocultan. No hay aquí representación en un sentido clásico, sino más bien huellas de una experiencia encarnada. El cuerpo es territorio: un espacio atravesado por fuerzas, por tensiones, por la historia íntima y colectiva (inclusive callejera) que lo modela.
 “Experiencias: entre paisajes de la ilusión y derroteros del cuerpo” no ofrece respuestas cerradas. Propone, en cambio, una serie de encuentros. Cada obra es un umbral: una invitación a perderse, a reconocer en lo extraño algo propio, a habitar —aunque sea por un instante— ese territorio que hicimos propio de lugares donde los cuerpos se cruzan y se encuentran. Donde se hacen caminos al andar y en ellos hay una búsqueda —o tal vez un extravío—, un desplazamiento que no siempre encuentra dirección. Los derroteros no son rutas claras, sino recorridos inciertos.
Hay en estas obras un lugar que no pertenece del todo al mundo productivo ni del sueño. Los paisajes aquí no son escenarios: son ocupaciones. En las pinturas se avanza y se archiva una experiencia al mismo tiempo. Como si cada pincelada intentara fijar algo que, por naturaleza, tiende a escapar. Algo es captado. En estas expresiones la ilusión no es un engaño, sino condición: ver es interpretar.
Las formas arquitectónicas, los fragmentos de ciudad, las figuras que apenas se sostienen en su contorno, configuran un universo donde lo reconocible se desliza hacia lo ambiguo. Hay puertas que no conducen, calles que no llegan, ventanas que no enmarcan nada más que otra capa de pintura. En ese desplazamiento, el espacio deja de ser físico y se vuelve mental: un mapa de sensaciones, recuerdos y proyecciones.
Los cuerpos, por su parte, tienen afán de expansión. Van dando lugar a un camino, en el cual se tensan, se intuyen, se sospechan y se encuentran. A veces aparecen con una presencia contundente, casi escultórica; otras, se atisba su presencia. En ambos casos, generalmente, transitan derroteros marcados por fuerzas invisibles, por la experiencia que lo forma y lo transforma. No hay quietud, solo desarrollo.
La materia pictórica juega un rol central en esta construcción. El color no describe: irrumpe. Se acumula, se arrastra, se superpone, generando zonas de intensidad donde la mirada se detiene y se pierde. Se extravía. Las pinceladas dejan ver el proceso, insisten en la idea de que la imagen no es un resultado acabado, sino una búsqueda constante, un intento de atrapar lo efímero.
En “Experiencias”, cada obra funciona como un umbral perceptivo. Invita a habitar la incertidumbre. A extraviarse. Claro que es necesario perderse para poder encontrarse.